somos lo que queda de un niño

Ana María Matute, escritora española, ganadora del Premio Cervantes en 2010 y miembra de la Real Academia de la Lengua Española, reflexiona en torno al niño y a su propia niñez, y en consecuencia a su actual ser. Con mucha precisión muestra al condenado adulto en un mundo occidental y accidental, pero también a aquel que lleva su vida como una continuación de un juego, aquel que se atreve a seguir divirtiéndose con su imaginación que vertebra el mundo y acerca a la felicidad y a la vida. ¿Qué papel tenemos todos los adultos-niños para estos niños-no adultos?, ¿qué puede aportar un placer compartido con un niño?, ¿nosotros como niños fuimos diferentes de los actuales? Estas y otras preguntas se desprenden de este interesante artículo que nació en respuesta a una ronda de preguntas en un encuentro organizado por la CBA, publicado bajo en número 18 de la Revista Minerva, del Círculo de Bellas Artes de Madrid. ¡Que lo disfruten!

Somos lo que queda de un niño 
Ana María Matute

LECTURA

Miguel de Cervantes fue un descubrimiento para mí, una revelación. Leí El Quijote por primera vez a los catorce años y, francamente, me aburrí muchísimo, no entendí ni una sola palabra. Pero con dieciocho años, ya a punto de publicar, me dije: «tú eres escritora, tienes que haber leído El Quijote, por favor, no seas así». Me suelo hablar a mí misma, pues hay en mí dos Ana María, una que dice: «no seas así», y la otra que replica: «hago lo que me da la gana». Leí El Quijote, y entonces sí que quedé seducida, enamorada y fascinada. Es el libro más impresionante que he leído, el que más me ha impactado, el que más me ha quedado dentro. La primera vez que lloré leyendo un libro fue con la muerte de Quijote, pero no tanto porque se moría, sino por qué se moría, por todo el desencanto, el desengaño, porque se había muerto su mundo.

Leer es una felicidad, un placer, y no una obligación, ni mucho menos un castigo; he tenido noticia de que, a veces, para castigar a un niño, le han obligado a leer, y eso es una bestialidad. Hay gente a la que no le gusta leer y no le gustará nunca, ellos se lo pierden. Pero si un niño no ve leer a los adultos, y en su casa el libro es un objeto extrañísimo y el lector un extraterrestre, es muy difícil que con el tiempo a ese niño le llegue a gustar la lectura. Piensa que es una cosa aburrida, anticuada, que hoy en día no se lee, lo que me parece tremendo. Hay campañas de animación a la lectura que están bien, tienen buenas intenciones, pero ya sabemos de qué está empedrado el infierno. Es muy difícil estimular a un lector, porque a los adultos no les gustan los mismos libros. Lo que sí creo es que no hay que despreciar la lectura o atribuirle un papel secundario. Cuando éramos niños nos decían –en especial a las niñas– que no leyéramos. Recuerdo unos ejercicios espirituales del colegio de monjas, en los que un cura nos dijo: «niñas: leer, poco; novelas, nunca». Y, como era evidente, yo me hice novelista.

IMAGINACIÓN

Lo que la gente llama fantasía, para mí es tan esencial como la vida. Porque si la fantasía y la imaginación forman una parte tan importante de nuestra existencia, constituyen entonces una de las formas de la realidad. De ahí la importancia que ocupa la fantasía en mi vida de mujer, de escritora, de madre, de esposa.

En mi última novela hay una escena en la que la protagonista es castigada en un cuarto a oscuras, tiene un azucarillo y, al partirlo, ve surgir una llama azul, y se siente poderosa porque se cree con el poder de hacer magia. Encerrada en aquel cuarto, lo que vislumbra no es un mundo que ella ha soñado, sino la certeza de que en la oscuridad también hay luz. Descubre que, por ejemplo, cuando llevas un rato en una habitación en penumbra, empiezas a entrever unas siluetas que no forman ya parte tan solo de la realidad. En este caso se trataba de unos armarios, que se convertían en un simulacro, en un mundo que, de repente, había despertado, algo muy parecido al acto de escribir. En la escritura, el autor se basa en algo que reconoce como real, pero que transforma a través de la palabra en otros contornos, en otras siluetas.

Se trata de una de las pocas escenas autobiográficas que he escrito. Cuando era niña y querían castigarme –lo que sucedía a menudo–, me encerraban en un cuarto oscuro lleno de armarios. En lugar de sentirme mal y desesperada –como mi hermana mayor, para quien aquel castigo suponía algo terrible–, a mí me encantaba. Me lo pasaba bomba, porque nadie me molestaba, me dejaban en paz, que era lo que yo quería. Y allí yo imaginaba. Me subía en una escalerita por encima de los armarios, y aquello era la ciudad de los armarios.

Lo de la lucecita azul es verdad, no me lo he inventado. Si se parte un terrón de azúcar en la oscuridad, puede salir una chispita azul, es algo físicamente posible. Y entonces, esa niña pensó que era maga y esa idea le confortó mucho, porque era una niña rara, las demás niñas no se parecían a ella, porque en aquella época –a diferencia de ahora– las niñas eran absolutamente insoportables.

En una ocasión dije que «la imaginación, como la inocencia, es una maldición que se paga cara». Todo lo bueno es peligroso, te conduce a grandes equivocaciones, a tomarte las cosas de una manera equivocada, a creer que estás en un camino, cuando en realidad te encuentras en otro totalmente diferente. Todo lo hermoso, lo grande, lo bueno, tiene un aspecto peligroso. No sé si esto responde a mi educación judeocristiana: la culpa, el amor, el que hay que pagar siempre las cosas…

Aunque, por otra parte, una persona sin sueños debe sentirse muy fracasada en el mundo. El ser humano tiene que tener sueños e ilusiones, en la colina de los sueños es donde brota, de verdad, la vida. No soporto la mezquindad, la avaricia, la falta de generosidad. No solamente material, sino sobre todo espiritual, que desgraciadamente abunda tanto en nuestro mundo. Y las mayores virtudes son la amistad y el amor. Que son todo lo contrario.

ESCRITURA

Cuando escribo es porque tengo una necesidad interna muy grande de expresar algo. Escribir, para mí, es protestar y después hay que darle una forma literaria a esa protesta. Cuento historias porque las vidas están llenas de ellas, y me interesan las personas. En cuanto a si la escritura puede diferenciarse en virtud de los géneros de los autores, no creo que exista una literatura masculina o femenina, sino una literatura buena, mala o regular. Aunque hay libros que solamente los puede haber escrito una mujer, y otros que sólo –aunque esto es más raro– los puede haber escrito un hombre, ya que, evidentemente, hay aspectos de la vida que una mujer conoce mejor. No sé de ningún hombre que haya parido, una mujer que ha tenido hijos posee una experiencia que no puede tener un hombre, por mucho que haya sido padre. Aunque, por ejemplo, Madame Bovary la escribió un hombre, pero la podría haber escrito la misma Madame Bovary.

Y también depende de la época de la vida en la que se escribe. Yo escribí cuentos para niños cuando mi hijo era pequeño, y pensaba en él y en mis sobrinitos. Para mí es lo mismo escribir cuentos para niños o para adultos, en cuanto a la importancia que les doy, aunque se diferencian en la forma de escribirlos y de enfocar el tema. Aunque quizá me siento más responsable cuando escribo para niños que cuando lo hago para adultos, a quienes yo llamo «adúlteros».

Hay cuentos para niños que se encuentran, con variaciones, en todos los países, en todas las lenguas, y no sabemos muy bien por qué un mismo cuento transcurre en Ucrania, en Andalucía, en Sebastopol o en Navarra. Con otros nombres, con otros trajes, pero se trata del mismo cuento. Un claro ejemplo es La niña de nieve, que yo he oído en muchos idiomas y trata de dos campesinos que no pueden tener hijos. Entonces, en un día de nevada, el campesino forma una niña con la nieve, y con una sartén le hace los pies (veo, en el negro de la sartén, el blanco de los piececitos de la niña, y me parece muy creíble). Llega un día en que la niña ya tiene ocho o nueve años, y los padres están locos con ella. Y entonces, llega la noche de San Juan, y todos los niños del pueblo hacen hogueras y saltan por encima de ellas. Los padres advierten a la niña, pero ella salta también y se derrite. Es un cuento que me contaba mi abuela, y a mí me daba una pena tremenda esa niña. Pues ese cuento lo he encontrado yo en otros muchos idiomas y países.

En cuanto a mi propia creación literaria, jamás se me ha ocurrido dejar de escribir. La escritura me sirvió para sostener a mi familia en un momento difícil –cuando me casé con una persona inadecuada, y tuve un niño adecuado– y sólo la abandoné, temporalmente, por una cuestión de enfermedad. Es mi forma de vivir, mi manera de estar en el mundo. La literatura ha sido el faro que me ha salvado de muchas tormentas en mi vida.

De entre todos mis personajes, siento especial predilección por el trasgo del sur de Olvidado rey Gudú, ese borrachito adorable. Es un personaje del subsuelo, mítico, que contempla a unos viñadores que beben y él les imita, pero no sólo porque le gusta muchísimo, sino también porque de esa manera empieza a entender a los humanos, a parecerse un poco a ellos, y poco a poco le va creciendo un racimo en lugar del corazón. La vida entre los humanos le va arrancando un grano cada día, hasta que al final sólo le queda un último grano, que el rey Gurú le arranca y se come, y entonces se convierte en ceniza. Ese personaje es el que más quiero. Es un poco como yo.

INFANCIA

Aunque ahora se les atiende mejor, sobre todo en el aspecto físico y material, los niños siguen estando muy solos. El padre y la madre tienen que trabajar y los niños no están con sus padres todo lo que desearían o deberían estar. Antes, sólo trabajaba el padre y cuando se moría se solía decir una frase que me llamaba mucho la atención: «se lleva la llave de la despensa». Sufrían una soledad distinta de la actual, pero los niños son siempre iguales, las que cambian son las costumbres. Por ejemplo, el otro día estuve con un sobrino nieto mío, que tiene ocho años, y me acordaba perfectamente de cuando mis hermanos y yo teníamos esa misma edad, y en el fondo me di cuenta de que no ha cambiado nada. Este niño llevaba un móvil, pero hacía las mismas preguntas, se ponía serio y se le iluminaban los ojos del mismo modo que a los niños de entonces. El niño no es un proyecto de hombre, sino que el hombre es lo que queda de un niño; hay personas que –aunque no lo parezca– no son niños nunca, y eso se nota después. La infancia es más larga que la vida. Perdura de tal forma, nos marca de tal manera, que no podemos jamás desprendernos de ella. A mis ochenta y cinco años me acuerdo con la misma frescura y el mismo perfume de la vida a mis cinco, nueve o diez años, cuando empezaba a percibir lo que eran los sentimientos humanos y todo lo que me rodeaba.

Me acompaña todavía, por ejemplo, el muñeco que menciono a veces en mis novelas y que, cuando tenía cinco años, mi padre me trajo de Londres, donde era muy popular; su nombre era algo así como «Galgo», aunque yo le llamé Gorogó, porque no lo entendí bien. Ese muñeco ha sido un compañero toda mi vida, y de hecho está ahora en el hotel esperándome, lo llevo a todas partes conmigo. Ya tiene un ojo «a la virulé», como yo, le faltan los botones y su pelo, de deshollinador dickensiano, se le ha caído casi por completo. Ese muñeco ha sido para mí un gran confidente; en épocas de gran soledad, de niña y también de mayor, le contaba mis cosas y él me escuchaba y me entendía. Eso ha sido para mí, un gran amigo, la persona en quien siempre puedes confiar, que nunca te va a traicionar o defraudar.

¿Qué experiencia de tu vida relacionas con este artículo? ¡Queremos conocerla!

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Artículo disponible en: http://www.circulobellasartes.com/ag_ediciones-minerva-LeerMinervaCompleto.php?art=487&pag=1#leer
 
© Ana María Matute, 2011. Texto publicado bajo una licencia Creative Commons. Reconocimiento – No comercial – Sin obra derivada 2.5. Se permite copiar, distribuir y comunicar públicamente por cualquier medio, siempre que sea de forma literal, citando autoría y fuente y sin fines comerciales.
 
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